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lunes, 15 de febrero de 2010

Dalila, 1864.


1864.

Dalila baja del carruaje, sujetando con la punta de sus finos dedos unos pliegues de la suave tela de su vestido. Lila, su color favorito. Alza la cabeza, para mirar al frente a través del ala de su pamela color crema. Hoy será un gran día, piensa. Y sin poder evitarlo una sonrisa juguetona asoma por sus labios.
El amor, cosa extraña. Capaz de cambiar totalmente a una persona en un tiempo récord. Su forma de pensar, de ver la vida... Todo cambia. Y solo porque está él. Él, que le ha enseñado a creer en sí misma; él, que ha jurado cuidarla y protegerla frente a cualquier tipo de mal; él, que daría la vida por ver su sonrisa.Y hoy, por fin, todo ese amor será... oficial. Oficial... Qué palabra más fría y superficial para la intensa realidad que representa, piensa. Pero le es suficiente, le sería suficiente solo con saber que él le corresponde. Acaricia el radiante anillo que desde hace dos días luce en su dedo anular. Mira alrededor, sorprendida de ser la única maravillada ante los destellos que la pieza lanza al ponerse en contacto con la luz tenue del atardecer.
La joven avanza con elegancia a través de la multitud de invitados que su futuro suegro ha invitado al evento. El amplio jardín está atestado de caballeros señoriales vestidos con prendas que, aun sin ser de gala, les da una aspecto elegante y refinado. Mujeres que visten pomposos vestidos y joyas que reciben más miradas que sus dueñas. Sin embargo, Dalila no se fija en ninguna de estas cosas, a pesar de ser observadora. Ella solo tiene ojos para el hombre que se encuentra sentado en el banco de madera, junto al árbol donde se besaron por primera vez. Los ojos castaños se vuelven hacia ella, que le devuelve una mirada azul llena de palabras que solo ellos dos comprenden. Alguien hace sonar una cucharilla contra una copa de cristal de las que hay en las mesas de aperitivos. Malix se pone en pie y avanza hasta el círculo que se está formando alrededor de su padre, quien ha dado la señal. Toma un trago de vino y, tras dejar la copa sobre la mesa y alisarse la camisa, nervioso, procede a pronunciar las palabras que harán que él y Dalila puedan estar juntos al fin sin tener que correr el riesgo de ser sorprendidos a media noche. Ambos se miran, ella con lágrimas en los ojos, él con ganas de ir y cogerla entre sus brazos para asegurarse de que no es un sueño. Por que no lo es, piensan, esto está pasando, es real, y es perfecto.

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