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sábado, 13 de septiembre de 2014

La matemática del universo

Alfredo Torres era un hombre de unos cincuenta años de edad. Todo aquel que lo conociese podría decir de él que sin duda, era un hombre honrado allá donde los haya. Era un hombre trabajador, de tez oscura, pelo blanquecino y ojos claros, infinitos. Dedicado a su mujer y a su único hijo. Protector de todo aquello que según creía él, se debía conservar. Las cosas buenas, como la mermelada casera, los abrazos de su vuelta del trabajo, el periódico de los domingos, y sobre todo, dejar siempre un resquicio a la esperanza.

Alfredo trabaja como profesor de universidad. Cada día, habla a sus alumnos sobre los teoremas de Pitágoras y Gauss. A ellos las matemáticas les dan igual, no las entienden. Protestan y le dicen que no son importantes, que son complicadas y que en el día a día no tienen utilidad alguna. Él se quita la chaqueta y se sienta en una esquina de su mesa, mientras revuelve papeles llenos de números y de fórmulas que pocas personas podrían comprender. De momento, empieza a hablar. Les habla sobre el universo, sobre la estadística y sobre la probabilidad. Les dice que hay millones de personas en el mundo. Que ellos solo son una entre millones. Que muchos tirarán sus sueños por tierra, mientras que sólo los más valientes, podrán guiar su vida hacia donde ellos elijan.

Cuenta, que el límite no está en el cielo, sino mucho más arriba, más allá de las estrellas. “No digas que el cielo es el límite si hay pisadas en la luna”- les dice-. También dice que estadísticamente podría aprobar que ninguno de los presentes en su clase aspire nunca a ser nada en la vida, que según dice la probabilidad, es muy probable que acaben trabajando en alguna cafetería, o, con mucha suerte, en algún supermercado a las afueras de la ciudad. Les dice que probablemente, las probabilidades de nacer de su hijo eran pocas.
Las probabilidades de que naciera sin ningún problema eran menos, y que según la estadística, esto no ocurre en muchos casos. A Daniel, su hijo, lo tuvieron que ingresar nada más nacer porque le faltaron miligramos de oxigeno en la sangre. Daniel tiene dificultades, es paralítico y posiblemente nunca conseguirá vivir independientemente.

No estoy aquí para enseñaros a ser unos matemáticos perfectos.-Les dice-. Tampoco las matemáticas son perfectas, la probabilidad se equivocó con Daniel y puede que se equivoque en muchas cosas más. He venido para hacer que lo intentéis, para que consigáis todo lo que os propongáis y no cuestionéis la utilidad de una cosa u otra en la vida. Todo lo que nos enseñan, nos hace aprender algo. El silencio se apodera entonces de la clase y nadie es capaz de murmurar palabra, de cuestionar si todo aquello podría ser verdad. Todos le miran atentos, esperando algún gesto que les indique que todavía hay esperanza para ellos. Alfredo asiente y les dice que nunca es tarde para lograr sus metas, o, con suerte, lograr el aprobado en matemáticas. Cientos de ojos permanecen clavados en él, con ansia de llegar a comprenderle. Algunos lo entienden, otros lo intentan, pero todos, sin excepciones, se dan cuenta de que no es tan complicado como ellos creían.

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